UN OLOR, SABOR O VISIONAR ALGO DESAGRADABLE NOS LO PUEDE CAUSAR

UN OLOR, SABOR O VISIONAR ALGO DESAGRADABLE NOS LO PUEDE CAUSAR

El asco no es innato: lo adquirimos gracias a la evolución

Todos hemos sentido en alguna ocasión repugnancia hacia algo. Esa sensación de asco que parece que es innata en las personas apareció a través de la evolución, a partir de que el ser humano empezó a usar el fuego para cocinar y el agua para lavarse.

El mal olor a veces es insoportable
El mal olor a veces es insoportable | Aqua Mechanical en flickr cc

Conocemos como asco a aquella reacción natural que sentimos los seres humanos y que se define como una impresión desagradable causada por algo –o alguien- que nos lleva, en algunas ocasiones, a sentir una extraña sensación en el estómago que acaba provocándonos náuseas.

Hay un elevado número de personas que son altamente sensibles –ente ellas las mujeres embarazadas- a ciertos olores, alimentos e incluso a elementos que al visionarlos les causan un repentino asco y con ello experimentan el malestar mencionado. También hay quien siente animadversión y mal cuerpo debido a problemas mucho más serios que el asco, pero eso es algo distinto si el origen de la reacción está asociada a fobias o trastornos obsesivos-compulsivos (TOC).

El sentir asco es algo que desarrollamos a lo largo de nuestra vida según vamos cumpliendo años y que con el tiempo se nos acentúa en mayor o menor media. Debemos tener en cuenta que los niños de corta edad apenas suelen sentirlo, de ahí que puedan llegar a meterse cualquier cosa del suelo en la boca y ni se inmuten.

Hoy en día un trozo de carne en descomposición solo con verlo y olerlo nos produciría repugnancia a la inmensa totalidad de las personas, pero ancestralmente no siempre ha sido así y fue gracias a la evolución lo que propició que el ser humano empezara a desarrollar esa reacción.

Hace miles de años nuestros ancestros debían subsistir comiendo todo aquello que se encontraban y cazaban. No se usaba el fuego para cocinarlo, por lo que se ingería crudo y la mayoría de las veces cuando ya había empezado a descomponerse. O comían o morían de inanición: no quedaba más remedio que alimentarse con todo lo que tenían al alcance y pudiera parecer comestible.

Evidentemente, según el estado del alimento, quien lo había ingerido podía enfermar y morir -y mucho más en un tiempo en el que no existía la medicina tal y como hoy la conocemos-. Por tal motivo el descubrimiento del fuego y el hecho de cocinar los alimentos hizo que descendiera drásticamente el número de enfermedades y mortalidad. De la misma forma, la utilización del agua para lavarse y, por tanto, la llegada de la higiene personal, también ayudaron a desarrollar el sentido del asco.

El desarrollo social del asco

En la antigüedad, cuando nadie se aseaba ni existían productos para ello, los malos olores corporales no causaban la repugnancia y molestia que hoy en día cualquiera de nosotros podríamos sentir.

Su aparición se refleja, por ejemplo, en la invención de fragancias para aromatizar estancias y personas -para lo que también fue fundamental la invención del fuego porque los primeros aromatizadores surgieron a través de la quema de flores, plantas e incienso, siendo el humo el que se encargaba de perfumar el ambiente, surgiendo de ahí la etimología del término perfume’, que significa 'por el humo' o 'a través del humo'-.

Tampoco antiguamente existían los lavabos tal y como los conocemos hoy en día, y se convivía con las heces y orines, atrayendo el olor –escatol- de éstos un gran número de insectos y animales transmisores de numerosísimas enfermedades.

Cuando tanto el cocinado de alimentos como la higiene personal se fueron estableciendo en la cultura y fueron evolucionando, el ser humano empezó a desarrollar potencialmente la sensación de asco que hasta entonces no habían sentido. Y dicha sensación existía sobre todo como medida de autoprotección hacia aquellos elementos que podrían ser altamente perjudiciales para la salud.

A día de hoy nos da repugnancia cuando alguien estornuda cerca de nuestra la cara –por la gran cantidad de microorganismos y bacterias que salen disparadas y se dirigen hacia nosotros y el desagradable olor que deja en el ambiente-, también cuando alguien escupe al suelo –práctica habitual hasta principios del siglo XX y que actualmente todavía realizan en algunas culturas- e incluso cuando detectamos que alguna cosa huele a podrido o está en descomposición.

Sentir asco actualmente es algo natural e innato que nos ha llevado a ser evolutivamente mucho más fuertes e inmunes a numerosísimas enfermedades y peligros que, de no ser autoalertados por las arcadas y rechazo que sentimos ante lo desagradable, podríamos contraer y sufrir.

La evolución también nos trajo con el final del medievo los manuales de urbanidad y buenos modales, el uso de cubiertos para comer sin usar las manos –a veces sucias-, las servilletas y pañuelos para limpiarnos –en lugar de hacerlo directamente en la manga- y, en definitiva, una serie de actos sociales que han hecho que no tengamos que ver realizar según qué cosas desagradables a las otras personas... ni éstas a nosotros.

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