¿QUÉ MOTIVA LOS GRANDES ENFRENTAMIENTOS DE LA HUMANIDAD?

¿QUÉ MOTIVA LOS GRANDES ENFRENTAMIENTOS DE LA HUMANIDAD?

La ciencia de la guerra

En la guerra hay un poco de química, un poco de matemáticas, algo de genética y mucho de irracionalidad. Un cóctel mortal del que no conseguimos desprendernos.

Un palestino busca entre los escombros tras un bombardeo israelí
Un palestino busca entre los escombros tras un bombardeo israelí | EFE

Pocas cosas hay más irracionales en la vida que la guerra. Y, a la vez, pocas cosas hay más naturales que la guerra. Incluso los animales, que suelen pasar por el mundo sin dejar huellas en lo que a contaminación se refiere, han sabido organizarse para librar sus propias contiendas grupales, desde simios a cuervos. La necesidad de defender un hábitat, la lucha por la supervivencia de un grupo o el intentar conquistar recursos como cotos de caza o fuentes de agua son buenos motivos para luchar.

En la lógica humana todo eso resulta algo más complejo, aunque casi siempre una de estas razones se esconde detrás de casi cualquier guerra. Cambia hábitat por fronteras (o la interpretación que se haga de ellas), grupo por etnia o credo y recursos por petróleo o materias primas y pocas guerras se te quedarán fuera del paraguas. En el fondo somos animales, especialmente en lo malo.

La guerra, desde una perspectiva científica tiene muchas explicaciones, hasta en la química. Por ejemplo, la ley natural según la cual todo tiende a la estabilidad (lo que explica la decadencia de determinados compuestos, o el hecho de que algunos no puedan reproducirse en laboratorios). Pero, ¿qué es la estabilidad en una guerra? Algo que casi nunca existe.

Porque ¿qué fue lo que provocó la Segunda Guerra Mundial? La Primera Guerra Mundial. Mejor dicho, las cicatrices de la Primera Guerra Mundial y sus sanciones, que sirvieron de abono para el discurso ultra en una Alemania arrasada tanto por la derrota como por los pagos pendientes ¿Qué causó la Guerra Fría? El hecho de que dos potencias ganadoras tuvieran que repartirse el botín: el equilibrio era imposible y había que romperlo, aunque eso empujara al mundo a un desastre irreversible.

La guerra, bajo esta perspectiva, es la búsqueda de una situación de aceptación general: que los ganadores se contenten con el botín y que los perdedores no tengan más remedio que aceptar lo que les queda. Y eso, en sí, es más bien poca estabilidad.

Las grandes contiendas también tienen algo de matemáticas: suponen un estímulo económico inmejorable que no sólo reactiva la producción industrial del país (que se vuelca en la producción bélica), sino también acaba con el paro, justifica que se economicen inversiones en partidas poco rentables y dinamiza los flujos internos... siempre que la lucha no sea en tu territorio o que no te toque perder. Por eso la maquinaria bélica de EEUU tiene sentido, aunque conlleve el pago de enormes consecuencias económicas y sanitarias.

La reactivación bélica no sólo tiene que ver con la economía o la productividad, sino también con la investigación o el desarrollo. Muchos de los inventos que revolucionan a la sociedad civil fueron testados y usados durante años por los Ejércitos, como la telefonía inalámbrica o el GPS. Nada más estimulante para la investigación que el tener que ser más ingenioso que el rival para no morir, o al menos para demostrar que eres mejor que tu enemigo. Ahí están la carrera espacial durante la Guerra Fría, o el vertiginoso desarrollo de la energía atómica en unas pocas décadas tras el fin de la Segunda Guerra Mundial.

Pero entre unas pocas virtudes la guerra tiene enormes consecuencias dramáticas. Por ejemplo, en lo demográfico. Millones de personas han muerto en luchas más o menos conocidas por causas más o menos loables, lo que ha modificado severamente las pirámides poblacionales de territorios enteros: generaciones consumidas en el frente, impacto sobre la natalidad, desplazados y fallecidos por millares.

Una de las armas de guerra más terribles de los últimos tiempos es, precisamente, la violación masiva como forma de limpieza étnica: que ejércitos invasores maten a los hombres y violen a las mujeres para 'depurar genéticamente' a una determinada población. Algo que es un fin en sí mismo de las guerras en la naturaleza, pero que no tiene cabida alguna en una civilización supestamente inteligente y social.

Otro de los efectos científicos de las guerras, quizá uno de los menos tenidos en cuenta, es el del impacto ambiental: la afectación de la fauna de las áreas donde hay bombardeo, cómo encaja el impacto de la deforestación la flora de las trincheras y qué sucede cuando se apagan los fuegos tras meses o años de gases tóxicos y explosivos contaminantes. Y eso por no hablar de las detonaciones atómicas, reales o ensayadas, de las últimas décadas, que han dejado páramos inhabitables durante muchos años.

Las guerras son química, matemáticas, investigación y desarrollo, demografía, genética y medio ambiente. Y, sobre todo, una condena que hoy viven Gaza, Ucrania o Siria como ayer vivían Irak, Afganistán o los Balcanes. Y como ninguno de esos sitios ha logrado estabilidad, mañana la guerra seguirá su camino.

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