NADA MÁS RÁPIDO QUE UN PÁJARO, UN SAPO Y UN MURCIÉLAGO

NADA MÁS RÁPIDO QUE UN PÁJARO, UN SAPO Y UN MURCIÉLAGO

Los músculos tienen límite de velocidad

¿Hay algo más rápido que el cuádriceps de un atleta olímpico haciendo un sprint? Sí. La musculatura que usan los pájaros para emitir sus trinos tiene el récord de celeridad del mundo animal. Y es insuperable, según un nuevo estudio.

Un pájaro
Un pájaro | aloush en flickr cc

Para que un jilguero cante, un pez sapo emita zumbidos de apareamiento o un murciélago se desplace por una cueva ecolocalizando las paredes para no chocar hace falta que sus músculos se contraigan nada menos 250 veces por segundo.

Se trata del récord absoluto de velocidad de la musculatura de los vertebrados, según acaba de demostrar un equipo internacional de científicos alemanes, daneses y estadounidenses. Preciso incluso en la escala del microsegundo. Es decir, muy por encima de las alas de un ágil colibrí, que 'sólo' aletea unas cuantas docenas de veces cada segundo.

"La naturaleza utiliza sus músculos más extremos para controlar la producción de sonidos", explica Coen P.H. Elemans, investigador de la Universidad del Sur de Dinamarca y coautor del estudio. Superar esas velocidades extremas es biológicamente imposible.

¿Cómo lo saben? Muy sencillo. Resulta que los pájaros cantores, los murciélagos y los peces sapo no comparten un ancestro común, de forma que cada uno de sus músculos superrápidos (SFM, por sus siglas en inglés) cuenta con una una proteína miosina diferente... y sin embargo, su límite de velocidad coincide.

Es decir, que tienen la misma capacidad de contracción a pesar de haber recorrido tres caminos evolutivos diferentes: han convergido y se han topado con el mismo techo. Estamos, por tanto, ante la máxima velocidad que puede alcanzar la musculatura de un vertebrado.

En la garganta de los ratones enamorados también ocurre algo fascinante. El propio Elemans demostró el año pasado que los roedores producen ultrasonidos sin que se muevan ni un ápice sus cuerdas vocales. En este caso lo sorprendente no es la velocidad, sino que el silbido ultrasónico lo genera un pequeño chorro de aire que sale de la tráquea y choca contra la pared interior de la laringe. Algo muy similar a lo que ocurre en el despegue y aterrizaje de aviones con motores a reacción, pero en una escala mucho más pequeña.

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