LO PARANORMAL SIEMPRE HA INTERESADO... PERO NUNCA HA EXISTIDO

LO PARANORMAL SIEMPRE HA INTERESADO... PERO NUNCA HA EXISTIDO

¿Por qué triunfa la pseudociencia en los medios?

Programas sobre OVNIs, poderes ocultos, misterios míticos y adivinaciones mágicas. Los medios han dado cancha a un terreno que a la gente interesa, pero que nada tiene de científico aunque lo pretenda.

Representación ficticia de un OVNI
Representación ficticia de un OVNI | Antena3Noticias.com

Un millón de personas vieron el penúltimo programa de 'Cuarto Milenio'. Un 12% de share, casi el doble de la media que hizo su cadena ese domingo. Para hacerse a la idea, el informativo más visto de ese día sólo tuvo un punto más de cuota de pantalla a su hora. No es una casualidad: Iker Jiménez es uno de los pocos supervivientes del nacimiento de su cadena.

¿Por qué la audiencia española se siente atraída por programas de televisión como 'Cuarto Milenio' y los espacios de videncia, los horóscopos o la contraportada de La Vanguardia en prensa y programas de radio como 'Espacio en blanco' de RNE? ¿Qué tiene la pseudociencia que atrae, vende, aliena e intoxica los medios españoles?

La pseudociencia, como la religión, es una excusa para buscar respuestas a preguntas que no somos capaces de resolver. Un atajo emocional para alcanzar la empatía con un destino incierto. Hay quien no soporta vivir sin todas las respuestas y se las inventa y otros que prefieren la felicidad que da la certeza de solo unas cuantas preguntas. Ambas son legítimas posturas mientras no se haga proselitismo de cuentos chinos o pongas en peligro a incautos con pócimas milagrosas.

Existe un mecanismo normalizado y empírico para convencer al respetable de que un misterio deje de serlo: el método científico. Si me recuerdas, entonces, que "abra la mente" se me caerá al suelo y me pondré a tu altura y la de cualquier animal irracional. Y recuerda, la dichosa carga de la prueba es siempre del que afirma la existencia de algo, no del escéptico que asiste impávido a un festival de narrativa fantástica.

Pero también es una cuestión genética y evolutiva. El hombre necesita creer en lo que no ve como instinto de supervivencia para no extinguirse. Hace millones de años, nuestros antepasados podían atribuir un sonido en el bosque a un simple golpe de viento o a un depredador. Nosotros somos descendientes de los que sobrevivieron al imaginarse el peor de los depredadores. En la exageración de este instinto están hoy los creyentes en la tierra hueca.

Repasando el otro día un almanaque sobre OVNIS del imposible J.J Benítez me conmovía cómo los diseños y fotos de avistamientos iban en correlación, sospechosamente, con diseños industriales de la misma época. Los ovnis fotografiados en los años '60 son platillos volantes de chapa con remaches industriales. Los de los 90 son luces láser que atraviesan el firmamento en un suspiro. No es una casualidad, es una estrategia más de psicología social' que desvela la trampa de la charlatanería y farfullería pseudocientífica que, aprovechando ese instinto, utilizan los programas y medios para vendernos una realidad para-lelos.

Fuera de horóscopos y programas de videncia hay un segundo nivel —más peligroso— de esta psicología social que sirve para atrapar a un público más instruido y ávido de información. Como el burro y la zanahoria se trata de regalar los caramelos de evidencias históricas mezclados con pomelos amargos de pseudociencia. Hablar de la NASA y el origen sobrenatural de las caras de Bélmez al mismo tiempo genera un falso grado de credibilidad por lo segundo, reduciendo el juicio crítico. Este es el caso de Cuarto Milenio y Espacio en Blanco.

Mi criterio es tan solo un criterio más. Para acercarse objetivamente a la raíz del problema nada mejor que preguntar a verdaderos profesionales. Lo primero que hice fue ponerme en contacto con la productora de 'Cuarto Milenio', CuarzoTv —propiedad de Ana Rosa Quintana—, para ofrecerles participación en el cuestionario y conocer su versión sin mi sesgo escéptico. No hubo respuesta.

El éxito de las pseudociencias es una combinación de dos factores. Uno es que a todos nos gusta maravillarnos, encontrar fenómenos, cosas, experiencias, que nos maravillen. A mí me maravilla la literatura, el arte, la costa y algunas escenas urbanas. Y si se trata de explicar fenómenos asombrosos, me maravillan sus explicaciones racionales.

Pero hay gente a la que maravillan esos fenómenos, y prefiere explicaciones mágicas, porque rechazan la razón. Ese rechazo puede obedecer a razones diversas (religiosas, ideológicas, filosóficas, y otras). Y el segundo factor es que nadie es inmune a los sesgos cognitivos, porque nuestra arquitectura mental está adaptada a resolver problemas de supervivencia y reproducción, y a tal efecto es esencial poder establecer relaciones causales aunque en realidad no las haya o sean diferentes y más complejas que las verdaderas. Esas relaciones causales falsas suelen tener una componente mágica muy fuerte.

Los medios se limitan a satisfacer la propensión de la gente a maravillarse de ese modo, recurriendo a la magia.

El único antídoto es la racionalidad. Por eso hay que promover actitudes críticas y racionales, aplicando siempre la máxima de Hume: afirmaciones extraordinarias requieren pruebas extraordinarias. Y eso hay que hacerlo en la escuela. Se puede hacer.

Incidentalmente, sospecho que denominaciones despectivas como "magufo" son contraproducentes si se trata de sacar a alguien de su error, porque tienden a que se atrinchere en él.

Tengo una compañera bióloga que ha recurrido siempre a la homeopatía para "curar" los catarros de su hijo. Y un tipo que estudió conmigo, que es doctor en geología e investigador de cierto nivel, se ha pasado hace un par de años al lado oscuro. Predica las bondades de la geobiología, el feng shui y esas majaderías, y ahora anda por la terapia de la Gelstat. Conclusión: la formación y la práctica científica no inmunizan, porque hace falta tener muy claro el principio de Hume y la importancia de demandar siempre explicaciones racionales, y sin embargo, el poder de atracción de 'la maravilla' o 'lo maravilloso' es enorme.

Te respondo con una pregunta, ¿por qué atrae la ciencia ficción? Tal vez en la respuesta a esta pregunta se halle una explicación a la que siempre me he aproximado desde una doble vertiente, aunque si nos ponemos a analizar podemos redactar una tesis.

Por necesidad de creer e identificación. Muchas personas buscan en estos programas corroborar su experiencia vital. Necesito creer en algo y compruebo que hay "más gente como yo", personas que piensan que no estamos solos y que, además, aportan "evidencias": sonidos "del más allá", OVNI extraterrestres, imágenes de fantasmas en fotografías o astros que definen nuestro destino.

Por necesidad de sentirse especial. No se trata de ser "el elegido" -cual Neo en Matrix-, sino de diferenciarse de la sociedad. Fotografiar un rod, captar el sonido del Yeti o sentir la presencia de la chica de la curva y poder sobrevivir para contarlo tiene mérito. Hay que compartir la experiencia, hacer partícipes a otros de dichos momentos y por qué no, hacer ver a tus congéneres que tú también puedes llegar a ser especial como ellos.

Dicho todo ello con cariño, sin acritud porque a mí la ciencia ficción me gusta.

La educación es la solución, siempre, con mayúsculas. La formación hace que uno pueda aproximarse a todo tipo de contenidos y ponerlos en contexto, buscar más información, investigar, analizar, comprobar fuentes para sacar sus propias conclusiones. Internet hoy facilita este espíritu crítico.

De esta forma, si decides exponerte a ellos, lo haces a conciencia, para disfrutarlos como buenos programas de entretenimiento (algunos cómicos) y ciencia ficción. Uno no va al cine a ver 'Mars Attacks' y sale 'acojonado' por si se encuentra con un enanito verde con una pecera en la cabeza.

"Suele caracterizarse por el uso de afirmaciones exageradas, vagas, o de imposible verificación, un exceso de peso en la confirmación en lugar de en los intentos rigurosos de refutación, una falta de disposición al examen por parte de otros expertos, y una ausencia general de procesos sistemáticos para desarrollar teorías de forma racional".

No, no es la definición de los cientos de “Marhuendas” que pueblan la tele nuestra de cada día. Es la definición de pseudociencia de la Wikipedia. Y uniendo una cosa con la otra, debe ser que los espacios de pseudociencia triunfan en nuestros medios por la misma razón que lo hacen los espacios de pseudopolítica: los mentores, de unos y otros, toman a relaxing cup of café con leche in the Plaza Mayor. Y si no, no me lo explico.

Para acabar con la tendencia, de unos y de otros, habría que hacer algo tan sencillo como invertir en educación, con mayúsculas. Sin más.

La curiosidad y el placer de indagar en lo misterioso es una de las causas. Los seres humanos tenemos una deliciosa avidez innata por meter las narices en todo lo que nos rodea, para observarlo, tratar de comprenderlo y, al mismo tiempo, disfrutar con ello. En esencia todos somos un poco científicos, lo que ocurre es que las herramientas para que el conocimiento adquirido sea sólido y coherente no son evidentes.

Diferenciar a primera vista lo que es ciencia de pseudociencia no es fácil ni automático: para desarrollar ese "criterio de demarcación" se requiere un aprendizaje. En una sociedad poco educada falta ese criterio y la gente, desorientada, alimenta su sed de curiosidad con todo lo que le llega.

A las personas que nos interesamos por la ciencia y sus métodos las prácticas pseudocientíficas nos saltan a la vista casi de manera automática. Aunque la cultura humana se ha desarrollado una barbaridad, cuando una persona nace tiene tanto conocimiento del mundo como una lamprea: chupamos, procesamos los alimentos y eliminamos los desechos.

Pero todo eso que muchos damos por supuesto, que la Tierra gira alrededor del Sol, que algunas enfermedades son causadas por microorganismos o que las religiones son una construcción mental, todo eso, decía, debe aprenderse. Los espacios de pseudociencia triunfan porque, aunque la curiosidad se mantiene intacta, falta ese aprendizaje, bien porque no se ha tenido oportunidad de acceder a él o bien porque no se han tenido las ganas de dedicarle algo de esfuerzo. Aprender a diferenciar ciencia de pseudociencia no es gratis.

Aunque suene a ministerio, el camino me parece claro: educación y cultura. Sin embargo, no es un camino sencillo. Una persona que no haya recibido educación sobre ciencia es fácilmente devorada por cualquier superchería. Sin embargo no parece que baste con esa educación.

Hace unas semanas, en una reunión de experimentados científicos, una Catedrática de Universidad del área de la biología molecular me comentaba el miedo tremendo que le tenía a las radiaciones del WiFi, por lo que todas las noches apagaba el 'router' antes de dormir. Es una actitud pseudocientífica en una persona que, por otra parte, se dedica a la ciencia de alto nivel.

¿Qué pasa aquí? En este caso el problema puede estar en la especialización: muchos científicos de hoy en día son mentes curiosas que meten sus narices en un bote lleno de datos, pero que no tienen tiempo de olfatear otros botes para convertir sus datos en conocimiento. Mi amiga, experta en biología molecular, parece que desconoce la diferencia entre radiación ionizante y no-ionizante.

En la raíz del problema puede estar la orientación que se le da a la educación. Dispensar datos a granel y considerar a la gente culta y educada porque conoce de memoria la capital de Dinamarca o la clasificación zoológica de las musarañas es, en gran parte, una terrible pérdida de tiempo. Creo que resultaría más eficaz una educación con menos datos y más pensamiento crítico.

Como indicaba antes, los métodos que utiliza la ciencia para acceder a un conocimiento sólido y útil no son evidentes. Los programas pseudocientíficos de TV y los delirantes artículos periodísticos de algunos medios no transmiten métodos, sino datos. Datos que son digeridos alegremente por la gente porque eso es lo que han estado haciendo toda su vida, digerir información sin cuestionarse cómo ha sido adquirida.

No creo que haya una razón para el éxito de estos programas, sino muchas: la lógica atracción humana por el misterio; la renuncia de la mayoría de los científicos a hablar de los falsos enigmas; la ausencia en nuestra televisión de una divulgación dirigida al gran público; la ignorancia de muchos periodistas, que ni saben cómo funciona la ciencia ni les interesa y se tragan cualquier cosa; el afán de titulares sensacionales a toda costa en una época de crisis periodística; la irresponsabilidad de científicos que, con tal de salir en la televisión o la radio, colaboran añegremente con redomados charlatanes...

No sé cuál es la solución. Las creencias pseudocientíficas pueden aprovecharse para hacer divulgación que atraiga a la gente. Creo que esa es una vía para, si no evitar el crecimiento de los programas pseudocientíficos, ofrecer un contrapunto. Es lo que intentamos hacer con 'Escépticos' en ETB. Confío en que algún día un jerifalte televisivo se dé cuenta de que un espacio semanal sobre la actualidad paranormal desde un punto de vista crítico puede tener mucho gancho. Yo así lo creo.

Después de todas estas opiniones de profesionales y si exceptuamos el público crítico que alimenta la audiencia de estos espacios desde el sarcasmo,—sobre todo en redes sociales—, se puede concluir que hay una importante carga emocional en el consumo de pseudociencia. Quizás un ‘lastre evolutivo’ de nuestra estructura cognitiva. Pero en mayor o menor medida el verdadero lastre es una importante carencia educativa de un público que, en su ignorancia, lo hace aún más popular.

Como diría mi abuelo ¿Por qué la virgen solo se le aparece a pastores pobres y no a ingenieros de telecomunicaciones?

Conserven su instinto. Sean prudentes pero siempre escépticos...

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