LOS HÁBITOS SOCIALES Y LA CRISIS CHOCAN CON EL DICTADO DE TU CUERPO

LOS HÁBITOS SOCIALES Y LA CRISIS CHOCAN CON EL DICTADO DE TU CUERPO

Tus posibilidades de tener un hijo se desploman al llegar a los 30 años

Los hábitos sociales, el cambio cultural y la crisis han provocado un enorme retraso en la edad de concepción. El problema es que nuestro cuerpo no está preparado para responder a ese cambio.

Bebé relajado escuchando música
Bebé relajado escuchando música | Archivo

Cuando te paras a pensar que tus padres tuvieron a su primer hijo rondando los 20 años es fácil pensar eso de "era otra época". De hecho, si piensas en ti mismo cuando tenías 20 años llegarás a la conclusión de que ni de suerte estabas preparado entonces para tener descendencia. Incluso con 30 o 35 años quizá pienses lo mismo: no terminas de verte todavía con un crío, si es que tienes planes de formar una familia.

Espabila.

La sociedad actual, efectivamente, impone unos ritmos de vida diferentes. El "no estamos preparados" ha provocado, a lo largo de las últimas décadas, que la decisión de formar un núcleo familiar y tener hijos se haya ido demorando. Es casi impensable tener hijos hoy en día antes de los 25 años, y muy raro tenerlos antes de los 30. En contra, cada vez es más frecuente ver a gente rozando o superando los cuarenta, con canas y arrugas, empujando un carrito. En algunos casos, por cierto, con más de un bebé dentro.

En esa composición entran varios factores. Uno, la forma de vida actual, que tiende a intentar alargar la juventud y el disfrute del ocio durante mucho más tiempo. Segundo, el cambio de mentalidad social, antaño muy ligada a lo religioso y al esquema matrimonio-relaciones sexuales, que hacía que muchas parejas se casaran para iniciarse en el sexo e, irremediablemente, acabar teniendo descendencia de forma casi inmediata. Tercero, el desarrollo y universalización de los métodos anticonceptivos, que permiten evitar embarazos indeseados sin dejar de disfrutar de la vida sexual.

A todo esto se ha unido un factor más en la última década: la crisis. La falta de oportunidades laborales para los más jóvenes ha retrasado tanto su salida de casa como su capacidad para generar ingresos, ambos factores fundamentales para poder iniciar una unidad familiar nueva.

El problema es que la sociedad puede marcar un camino, pero nuestro cuerpo es tozudo y tiene sus limitaciones. En la adolescencia, 14-18 años, se alcanza plena madurez sexual, que se alarga hasta los 23-24 años y, poco a poco, empieza a decaer. Antes de llegar a la treintena nuestras posibilidades de generar vida van mermándose. Y no lo hacen de forma unitaria en ambos sexos: los hombres van perdiendo poco a poco facultades, hasta que a partir de los 55-60 años empiezan a tener una capacidad reproductiva sensiblemente inferior, mientras que en las mujeres concebir a partir de los 35 puede ser complicado y prácticamente imposible hacerlo diez años después.

¿Qué quiere decir 'complicado'? Quiere decir que cada vez hay menos óvulos, en términos generales, y dentro de los que hay, menor número de ellos están sanos. Es, por lo tanto, cada vez más difícil poder fecundar, y cada vez habrá mayor peligro de malformaciones o discapacidades en el feto que resulte. Como toda estadística, dependerá de cada persona, pero en términos generales nuestro ciclo físico se mueve en esos parámetros. El deterioro que se inicia antes de llegar a los 30 años en las mujeres es, en cualquier caso, exponencial.

El problema asociado a todo esto, y unido al desarrollo también de las técnicas de fecundación artificial, es que existe la creencia de que el paso del tiempo sólo afecta a la concepción 'tradicional', pero que las técnicas de reproducción asistida pueden saltarse estas limitaciones. Falso. Según una investigación al respecto publicada en National Perinatal Epidemiology and Statistics Unit con datos de hace tres años en Australia y Nuva Zelanda, las ayudas médicas actuales no son capaces de revertir la decadencia de nuestro esperma y nuestros óvulos.

Todo esto respecto a la concepción, pero todo lo anterior también tendrá consecuencias en el futuro, no sólo en la natalidad -que con la caída de la inmigración en países como el nuestro se resentirá de forma evidente-, sino también en la educación. Porque un padre con 40 años tendrá a un adolescente a los 55, y a un universitario a los 60 ¿Pueden conectar las necesidades de uno con las capacidades de otro? ¿Se corren riesgos respecto a la educación de los hijos tenidos tan 'tarde' por la incompatibilidad física, de cansancio o de ritmo de trabajo?

Algunos expertos empiezan a alertar de las consecuencias de educar 'tarde', con las capacidades físicas y el aguante mermado. Pero a todo eso, lo de tener al crío todo el día enchufado a la videoconsola para poder descansar un rato, ya llegaremos. Primero hay que tener al crío, lo otro ya llegará. Si te das prisa, claro...

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