ANATOMÍA, ÓPTICA Y MUCHA CURIOSIDAD

ANATOMÍA, ÓPTICA Y MUCHA CURIOSIDAD

La verdadera magia de la Mona Lisa: Leonardo Da Vinci utilizó la ciencia para dibujar una sonrisa dinámica

‘La Gioconda’ no solo debe lo enigmático de sus labios a la destreza artística de su creador, sino también a su afán por desentrañar los secretos de la física y la anatomía para aplicarlos en sus cuadros.

El pintor combinó trucos ópticos y técnicas pictóricas para darle movimiento a ‘La Gioconda’
El pintor combinó trucos ópticos y técnicas pictóricas para darle movimiento a ‘La Gioconda’ | Leonardo da Vinci I Wikimedia

Si algo caracterizaba a Leonardo Da Vinci era su curiosidad por todo lo que le rodeaba. Además de demostrar sus increíbles dotes para la pintura, el genio italiano hizo sus pinitos en la música, la óptica, la anatomía humana, la geología o la construcción de máquinas voladoras, entre otras áreas. Y no solo recurría a la ciencia en sus estudios e inventos: también acudía a ella para dar una pincelada de realidad a sus cuadros y frescos.

Uno de los ejemplos más claros del nexo que establecía entre el arte y distintas ramas del conocimiento es la enigmática sonrisa de la Mona Lisa, a quien le ha salido recientemente una nueva hermana gemela bastante ligerita de ropa. El trabajo de casi 16 años, desde 1503 hasta prácticamente la fecha de su muerte, dio como resultado una obra maestra capaz de engañar al espectador para hacerle creer que la imagen cambia ante sus ojos.

No obstante, aunque fue capaz de crear una ilusión óptica, Da Vinci, como cualquier otro pintor, tenía una modelo. Se trataba de Lisa del Giacondo —de ahí lo de ‘La Gioconda’—, la esposa de un mercader florentino que posó durante largas horas. Pero no lo hizo de forma estática, sino que lo hizo rodeada de músicos que amenizaban la velada para que la joven sonriera sinceramente y no tuviera que fingir.

El secreto está en el lienzo

Más allá de este entretenimiento, el artista demostró su ingenio desde un primer momento con la preparación de la madera y la tela donde plasmaría el rostro de la chica. Para comenzar, pintó una capa de blanco de plomo en una fina lámina de chopo, en lugar de la habitual mezcla de pigmento y tiza. Esta base reflejaría la luz que se colara por los trazos del pincel, de forma que aportaría profundidad, luminosidad y volumen.

El cuadro original se encuentra en el museo del Louvre, en París | Simenon I Flickr

Como resultado de esta técnica, quienes observan la Mona Lisa son testigos de la interacción entre los rayos que rebotan en la pintura exterior y los que provienen del interior del cuadro. Además, el contorno de la boca y las mejillas de la joven están marcados con suaves transiciones de color en veladura, de forma que se transparenta la capa inferior. Esto hace que varíe el aspecto de las facciones en función de la iluminación de la sala y del ángulo de observación.

Otra de las claves estaba en dar pinceladas muy finas y cortas para, meses o incluso años después, aplicar nuevas capas sobre las anteriores. Esta técnica le permitió crear imágenes que parecen tridimensionales, sutiles degradaciones de color y bordes delicadamente difuminados.

La morgue como laboratorio

Pero además de preocuparse por los efectos visuales, Da Vinci quería que la sonrisa de su cuadro se pareciera todo lo posible a una de verdad anatómicamente hablando. Por eso, no se conformaba con mirar la mueca en otras personas o en sí mismo en un espejo, sino que se pasaba horas en la morgue del Hospital de Santa María Nuova, cerca de su estudio en Florencia, levantando la piel del rostro de cadáveres para estudiar los músculos y nervios subyacentes.

El artista estaba fascinado con cómo se formaba la curvatura de los labios. Investigaba cualquier posible movimiento de cada parte de la cara para determinar el origen de los nervios y cómo estos se relacionaban con los músculos faciales. Le interesaba especialmente averiguar cómo el sistema nervioso y el cerebro traducían las emociones en gestos.

Dibujo de la anatomía craneal de Leonardo da Vinci | Leonardo da Vinci I Wikipedia

Pese a la dificultad que entrañaba la disección de los músculos de los labios —son pequeños, numerosos y se unen muy en profundidad—, el pintor logró identificarlos con bastante exactitud. Los dibujaba en bocetos donde les ponía nombres según el sentimiento al que los asociaba, como “músculo del enfado” y “músculo de la tristeza”. Comparando lo que encontraba en sus exploraciones cadavéricas con sus muecas ante el espejo, descubrió, por ejemplo, que el músculo que mantiene ambos labios unidos es el mismo que forma el inferior, por eso no podemos mover solo el superior.

Da Vinci también se fijó en los ojos y en cómo estos absorben la luz: los rayos no alcanzan un solo punto del globo ocular, sino que golpean toda el área de la retina. Se basó en sus investigaciones en óptica para engañar a la vista. El área central de la retina, la fóvea, distingue mejor los objetos pequeños; mientras que la zona circundante capta las sombras y los matices negros y blancos. Por eso, cuando miramos de frente vemos las cosas más claras, pero si las observamos con el rabillo del ojo, parecen borrosas.

Todo este conocimiento científico adquirido por el italiano le permitió dotar a la Mona Lisa de una mueca dinámica. Los trazos de su boca y los colores difuminados que la rodean hacen que veamos una sonrisa leve si la miramos fijamente y que percibamos un gesto más pronunciado y misterioso si nos centramos en otras partes de la cara, como las mejillas. Sus trazos cuentan cientos de años, pero el cuadro no deja de fascinar a todo aquel que lo visita.

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