PON UN CAMELLO EN TU VIDA

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Cinco animales que no actúan como esperabas

Ni los perros tienen por qué ser los mejores amigos del hombre, ni los tiburones son tan malos, ni todos los padres tienen como objetivo la supervivencia de sus crías.

Camello
Camello | Wikipedia

El reino animal es de lo más variopinto. Tan pronto sirve para observar con total crueldad algunos de los comportamientos que los humanos desarrollamos en nuestra organización política como para ver aspectos propios de película de terror.

Sin embargo, y aunque creemos entender a grandes rasgos cómo actúan las distintas especies, incluso algunas de las más comunes o cercanas a los humanos pueden depararnos sorpresas y comportamientos inesperados. Y no es una cuestión de cómo interactúan con nosotros en ocasiones puntuales, sino de por qué hacen cosas que nos llaman la atención.

Los perros son unos interesados

Siempre se ha dicho que el perro es el mejor amigo del hombre. Cada poco nos cruzamos con la enternecedora historia de alguno que espera incansable a su dueño en la puerta del hospital o, incluso, sobre su tumba. Pero en realidad lo hacen por interés: te quieren porque les proporcionas bienestar, en forma de cobijo y comida. Y cariño, claro.

¿No te lo crees? Un ejemplo: un grupo de investigadores ha estudiado el curioso comportamiento de los perros callejeros moscovitas, que han adecuado su comportamiento a nuestra sociedad. Saben coger el metro por la mañana para ir al centro, despertarse en la parada adecuada, robar comida a incautos turistas y volver a dormir a las afueras, siempre más plácidas que el núcleo de la ciudad.

¿Necesitas más pruebas de que los perros nos usan para su provecho? Un estudio de hace unos meses ponía a prueba la sociabilidad de los perros en condiciones, digamos, curiosas: con robots. Y en la medida en que los robots les den comida y no sean agresivos, los animales no tienen inconveniente alguno en mostrarles su cariño. Sociabilidad a prueba de bomba... o interés desmedido, según se mire.

Los camellos te quieren

Ahora que quizá te sientas un poco engañado por tu mascota canina quizá quieras buscar un amor animal más puro. Y, bueno, en realidad nosotros los humanos también queremos en gran parte por ese interés afectivo (además de por complejas reacciones químicas que no vienen al caso). Pero quizá no esperas que un animal tan poco frecuente como mascota como puede ser un camello demuestre amor de forma desmedida.

No deja de ser una anécdota, pero es llamativa: Mohammed bin Shouishan al-Sabaii, un comerciante de camellos, estaba hablando con un grupo de amigos durante una feria de compraventa de estos animales cuando uno se puso detrás suyo y le abrazó con el cuello, poniendo su cabeza junto a la mano del hombre y cerrando plácidamente los ojos. Se trataba, según él mismo contaba a Al Arabiya, de un ejemplar que había vendido siete meses atrás a otro hombre, que -por lo visto- había sido capaz de reconocer su voz entre la multitud. Enternecedor, ¿verdad?

Los loros son crueles

De mascota a mascota, y al loro es al que le toca. Concretamente, a los guacamayos. Son otra de esas excepciones que tanto gustan a la naturaleza, de la que suponemos que, por aquello de preservar el legado genético, se esfuerza en que todos sus habitantes pongan lo mejor que tienen por cuidar y proteger a sus hijos. Pero los guacamayos no: los dejan morir voluntariamente de hambre.

¿Lo hacen porque no pueden alimentarlos? No ¿Porque descartan a los que no están perfectamente sanos? No ¿Entonces? Eligen a un polluelo favorito, que es al que alimentarán, enseñarán y darán calor. El resto son ignoradas, relegadas y abandonadas: morirán en una proporción que va en aumento según su orden de nacimiento. De hecho, según los investigadores, es raro que haya una pareja de descendientes, escaso el caso de tres y prácticamente imposible que una pareja decida sacar adelante a cuatro retoños.

El motivo de tanta crueldad es un misterio, pero tratarán de averiguar con seguimiento genético si detrás de esto hay algún tipo de 'colonización' de nidos con huevos ajenos, como hacen otras especies. Según esta hipótesis, depositarían huevos propios en nidos ajenos esperando que otros críen a sus descendientes genéticos por ellos, y el rechazo y abandono de polluelos respondería, o no, a que fueran capaces de detectar cuáles son sus descendientes.

Las aves son ingenieras aeronáuticas

Sin dejar de lado el mundo de las aves, toca hablar de su vuelo. Se sabe que las aves vuelan miles de kilómetros buscando las temperaturas adecuadas, incluso que lo hacen sin parar a descansar durante enormes cantidades de tiempo. Se sabe también que vuelan o planean aprovechando corrientes de aire, y que lo hacen en formación. Sobre esto último se suponía que lo hacían por un instinto natural de vuelo aerodinámico, pero por fin hay conclusiones claras al respecto.

Una investigación del Royal Veterinary College de Harfield, en Reino Unido, dirigida por el académico Steven Portugal y recientemente publicada en Nature muestra que la formación en 'V' que adoptan distintas especies de aves es más que pura aerodinámica.

Según las conclusiones obtenidas, las aves no sólo se colocan detrás y ligeramente escorados de su predecesora, sino que la posición exacta varía según la distancia que les separa, y va cambiando de arriba a abajo, coordinándose toda la formación con los aleteos de quienes van delante. El resultado es una perfecta máquina de vuelo que, con una sincronía perfecta, optimiza el tiempo de vuelo y reduce el consumo energético de las aves. Puede decirse que 'leen' los flujos de aire con una exactitud matemática de forma totalmente instintiva.

Los tiburones no son tan malos

En estas semanas de verano austral, además de una tremenda oleada de incendios y altísimas temperaturas, en Australia hablan con preocupación de una supuesta oleada de ataques de tiburones. Según los registros oficiales, siete personas han muerto en los últimos tres años a causa de estos ataques, que se registran de forma repentina y, de la misma forma, dejan de suceder. Ha sucedido en Australia, pero también en otros puntos del planeta, como el sur costero de EEUU o Hawaii.

Pero las cifras no siempre lo explican todo. Según un artículo del investigador australiano Christopher Neff, los ataques de tiburones no responden a un patrón: se ha hablado del aumento de la temperatura oceánica, de la contaminación química, de que los humanos somos parte de su dieta alimenticia... pero al parecer no es más que puro y duro azar. "No es que estemos en el menú, es que estamos en el camino", resume el investigador, que ha seguido de cerca los casos sucedidos en los últimos años y no haya conexión alguna entre los ataques y una supuesta actitud maliciosa por parte de la especie. Según asegura, hay muchas zonas donde humanos y escualos comparten aguas y estos ataques no se dan.

Pese a todo lo anterior, seguro que prefieres seguir teniendo de mascota a un perro o un loro que a un camello o un tiburón, ¿verdad? Son unos incomprendidos...

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