EL PODER TIENE EFECTOS PSICOLÓGICOS Y FÍSICOS

EL PODER TIENE EFECTOS PSICOLÓGICOS Y FÍSICOS

Crees que vales para ser un líder pero, ¿está tu cerebro preparado?

No siempre quien manda tiene dotes de mando, ni los que saben cómo mandar acaban soportando el hacerlo. Porque una cosa es tener las aptitudes y otra muy distinta ser capaz de soportarlo.

Barack Obama, rodeado de gente en la campaña electoral
Barack Obama, rodeado de gente en la campaña electoral | Flickr Barack Obama

¿A quién no le gustaría ser el centro de todo? La persona que manda, quien toma decisiones, a quien todos siguen. No es sólo por el dinero, ni por la fama, sino por el poder. La erótica incontrolable del poder.

La verdad es que a muchos. A decir verdad, a la mayoría no les gustaría mandar. Hay gente vergonzosa, hay gente insegura, hay gente que directamente 'pasa'. A ser líder no se aprende: uno nace con determinados rasgos de carácter o sin ellos, otra cosa es que luego pueda perfeccionar sus capacidades.

En función de tus rasgos ejercerás tu liderazgo de una u otra forma: hay carácteres arrolladores, otros discretos, algunos dialogantes, otros dictatoriales... y algunos que pensarías que jamás serían capaces de mandar en nada. Y posiblemente estés pensando el líderes políticos, pero los hay de muchos tipos: desde dirigir un colegio de barrio hasta ocupar el asiento de San Pedro en el Vaticano.

Ahora bien, salvemos todo lo anterior. Digamos que eres un líder nato y que, además, tienes apoyos suficientes como para llegar a ejercer. Pensarás que todo está hecho, pero no: lo peor está por llegar, y según la cantidad de poder que tengas empeorarán las consecuencias.

Según Ian H. Robertson, profesor de Psicología en el Trinity College de Dublin en un artículo de divulgación publicado en The Conversation, el liderazgo es un trabajo de noches de insomnio y amenazas constantes, psicológicas, pero también físicas a veces. El poder, asegura, es un antidepresivo y un antioxidante, un estímulo según él mismo recoge en un libro sobre los efectos de mandar. Todo eso, pero también es un inmenso riesgo. Otros autores, como David Owen, hablan de la "intoxicación de poder", que afecta a aquellos que se vuelven altivos y reacios a encajar las opiniones críticas de los demás, y asocian el término 'hubris', que ya usaban en la Antigua Grecia, cuna de la democracia.

El problema, por tanto, viene de lejos.

No es una sensación, sino un proceso con efectos concretos en el cerebro. El poder, según Robertson, "empieza a atrofiar algunas funciones cerebrales como errores de juicio, creerse indispensables para cualquier cosa, nula percepción de riesgo e insensibilidad emocional".

Imaginemos que presides un país. Seguramente estarás preparado para cobrar ese dinero, para que todo el mundo quiera agasajarte y te lleven en palmitas.

¿Estarías preparado para soportar la exclusión del mundo real? Porque vivirías aislado, siempre con gente a tu alrededor cuidándote, asesores diciéndote que todo lo que haces está bien, gente que querría aprovecharse de ti, periodistas esperando a que cometas un error para ponerlo en un titular, sin intimidad, sin contacto con los ciudadanos... porque tus escoltas no te dejarán ir al cine al centro comercial de tu barrio.

¿Estarías preparado para llevar una vida equilibrada? No se trata de la comida, claro, sino de conservar tu vida familiar, tus amistades y unos horarios más o menos normales.

Y, sobre todo, ¿estarías preparado para el día después? Hagámoslo fácil: ¿eres capaz de recordar el nombre de quien le disputó la reelección a Barack Obama? Se llamaba Mitt Romney, y aunque no te lo creas, él creía de verdad que podía ganar. Estaba convencido. Su equipo se había encargado durante meses de alentar esa idea frente a un Obama que había perdido su halo imparable de cuando parecía que podía cambiar el mundo él solo.

Los medios norteamericanos siguieron con pasión ese 'día después': publicaron fotos de Romney en la lavandería, poniendo gasolina, en una reunión familiar, comiendo chuletas, en el parque de atracciones, yendo al cine... y la pregunta era ¿cuándo va a dejar de tener escoltas del servicio secreto? La respuesta: en apenas unos días. De ser el candidato ganador, de tocar con los dedos el puesto de hombre más poderoso del mundo, a ser un nadie sin escoltas, ni notoriedad. Un perdedor. Un ex.

Cada uno lo supera a su forma. Bush ahora pinta cuadros. González, aislado en lo que bautizó como el 'síndrome de la Moncloa' cultivaba bonsáis. A Aznar le dio por hacer ejercicio. Actividades para distraer el cerebro del ajetreo del día a día, de la presión, del cambio, de la soledad, de la responsabilidad y de las críticas ¿Qué harías tú?

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