EL GRAVE PROBLEMA DE LOS RESIDUOS QUE GENERAMOS

EL GRAVE PROBLEMA DE LOS RESIDUOS QUE GENERAMOS

¿El fin de la basura?

Vivimos rodeados de basura. Si no la vemos en nuestro día a día es porque hemos diseñados sofisticados sistemas para ocultarla, para alejarla todo lo posible de nuestra vista y nuestro olfato. La transportamos lejos de nosotros y allí la enterramos o la quemamos. Lo que sea con tal de fingir que no existe.

Protesta de Greenpeace por la basura encontrada en los océanos
Palabra formada usando bolas de golf en la playa de Kahuku, Honolulu; Hawaii | Greenpeace

A pesar de nuestros esfuerzos por esconderla, la basura existe, y es un problema. Según un estudio del Banco Mundial, nuestro planeta (o, más precisamente, nuestras ciudades) generan más de mil millones de toneladas de deshechos al año, y se estima que, para 2025, la cifra se haya doblado.

En las últimas décadas se han planteado soluciones de toda índole, desde los impuestos medioambientales hasta el decrecimiento. Pero, ¿y si la clave no está en los gravámenes ni en la disminución voluntaria de la producción? ¿Y si está, precisamente, en la basura?

Decía Gaudí que la originalidad consiste en volver al origen. Y es exactamente eso lo que William McDonough y Michael Braungart hicieron al afrontar el problema de la basura.

McDonough es un destacado arquitecto estadounidense convencido de que los edificios deben comportarse como árboles. No es solo que su impacto medioambiental deba ser pequeño, es que no debe producirse tal impacto. Esta filosofía, llevada a la práctica en numerosos edificios, le valió ser distinguido como "Héroe del Planeta" por la revista Time en 1999.

Por su parte Braungart es un químico, además de un destacado activista, que formó parte de la directiva internacional de Greenpeace.

Se conocieron en 1991, cuando al primero le encargaron el diseño de una guardería. El arquitecto buscaba una manera de evitar, en su construcción, cualquier material peligroso, y contactó con el químico en busca de consejo.

Juntos no solo diseñaron la que probablemente sea la guardería más respetuosa con el medio ambiente del mundo, sino que desarrollaron lo que podríamos llamar una nueva perspectiva industrial. Una filosofía a la que bautizaron como 'cradle to cradle', de la cuna a la cuna.

McDonough y Braungart habían reparado en algo obvio pero crucial: que la naturaleza no genera basura. En vez de eso, utiliza sus desperdicios como nutriente, como alimento.

¿Podría la industria copiar ese modelo? De conseguirlo, se abriría un nuevo escenario donde los productos de consumo serían, a su vez, las materias primas para nuevos productos de consumo. De la cuna a la cuna.

Juntos fundaron una empresa basada en estas ideas y publicaron un exitoso libro con las bases de su concepción industrial, que son fundamentalmente dos.

La primera, que todos los materiales con que se construya un bien sean inofensivos para el ser vivo. Y la segunda que, tras su uso, el producto se convierta en alimento para la biosfera o pueda ser reutilizado íntegramente sin pérdida de calidad.

Esto último puede sonar idéntico a lo que llamamos reciclaje, pero ellos introducen un importante matiz. El reciclaje, tal y como lo concebimos hoy, supone que, a lo largo de los ciclos, el material se va deteriorando hasta que finalmente queda inservible. A ese proceso McDonough y Braungart lo llaman "infraciclar". Lo que ellos proponen es "supraciclar": el material reutilizable siempre conservaría siempre la calidad inicial.

La propuesta suena utópica, pero ya se está implementando en distintos lugares del mundo. El Gobierno chino, uno de los más preocupados por estas cuestiones, tiene en marcha un programa piloto de construcción de viviendas en base a la filosofía 'cradle to cradle'.

Además, prestigiosas marcas internacionales han contado con la asesoría de McDonough y Braungart para el diseño de nuevos productos que tratan de minimizar al máximo la huella medioambiental. Entre ellas están Nike, Ford, Basf o Volvo. Cerca de nosotros tenemos el edificio de Habitat, en el Distrito 22@ de Barcelona, que, si bien no llega a funcionar como un árbol, es un icono en la arquitectura sostenible europea.

Solo el tiempo dirá si las ideas de McDonough y Braungart son tan ingenuas como hoy nos parecen o contienen, en su esencia, las claves de un nuevo modelo productivo. Hasta entonces, sigamos reciclando.

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