ARTHUR WANY CREÓ EL PRIMER CRUCIGRAMA

ARTHUR WANY CREÓ EL PRIMER CRUCIGRAMA

Ser diseñador de crucigramas será un oficio que a las máquinas les va costar arrebatarnos

Aunque el pasatiempo tiene unas reglas y una estructura bastante fijas (longitud de las palabras, posición de las letras...), las máquinas son incapaces de elegir los términos idóneos para que resolverlo resulte divertido y a la vez desafiante.

Crucigrama
Crucigrama | Pixabay

Conducen mejor que nosotros o están a punto de hacerlo, invierten en bolsa consiguiendo beneficios multimillonarios, diagnostican enfermedades, escriben villancicos y hasta son capaces de redactar las noticias sobre una noche electoral pasando desapercibidos, como han demostrado muy recientemente en los Estados Unidos.

Según el Foro Económico Mundial, los robots nos van a arrebatar buena parte del trabajo en cuestión de años. No solo el más mecánico o rutinario, sino también el cualificado, intelectual o incluso artístico. Sin embargo, hay una profesión de lo más curiosa que se les resiste: los robots no valen para crucigramistas.

Aunque el crucigrama sea un pasatiempo con unas reglas y una estructura bastante fijas (se basa en la longitud de las palabras, la posición de las letras, etc.), las máquinas son incapaces de elegir los términos idóneos para que resolverlo resulte divertido y a la vez desafiante. Sus creaciones están llenas de conceptos rebuscados. Son aburridas. Y no parece que vayan a aprender a corto plazo este arte que los humanos llevamos perfeccionando más de un siglo.

Si eres un aficionado a los crucigramas, probablemente sepas que un “abismo, hoyo profundo” es una “sima” y que un sinónimo de “alegre, contento” es “ledo”. Se cuentan entre las palabras cortas y cargadas de vocales que sirven al crucigramista para engarzar las filas y columnas sin devanarse demasiado los sesos.

Desde hace tiempo, los profesionales recurren a programas informáticos que les realizan sugerencias de palabras, facilitando su labor, pero la clave de un buen resultado siempre está en la selección humana. El artífice de carne y hueso garantiza el equilibrio, vierte en la mezcla las gotas necesarias de cultura popular y las habituales referencias a la actualidad que tanto gustan a los resolventes.

La máquina, nunca mejor dicho, es más cuadriculada. Si encajan las casillas, no le importa colocar en un mismo crucigrama “azada de hoja puntiaguda (3 letras)” y “azala, oración mahometana (4 letras)” aunque pocos vayan a ser los que averigüen, salvo por descarte, que las respuestas son “coa” y “zala”.

Hay quien ha intentado dar a los ordenadores una cierta noción de la dificultad. A finales de los años 80, al programador Eric Albert se le ocurrió asignar a cada palabra de la base de datos un valor del 1 al 10 en base a su complejidad. Así, la máquina sabría que solo debe recurrir a “coa” y “zala” (que, suponemos, serían sendos unos) cuando sea estrictamente necesario.

Eso es, en la práctica, lo más lejos que ha llegado el ‘software’ de apoyo que emplean los crucigramistas. Resulta útil como atajo para hallar ciertas letras en determinadas posiciones, pero de ahí a que un robot aplique verdadera creatividad y escriba crucigramas con sentido hay un trecho, pues el problema no es incluir de cuando en cuando un término poco convencional (los “sima” y “ledo” del ejemplo), algo a lo que están acostumbrados los lectores, sino que el pasatiempo en su conjunto, la suma de sus piezas, carezca de sentido.

Normalmente, las definiciones de un crucigrama se estructuran en torno a una temática. Desde las más sencillas (flores, ciudades…) hasta las más desafiantes (actores cuyas iniciales son J.C.). El autor busca entonces un puñado de términos relacionados y que sean interesantes (con un punto de ironía, sugerentes, ingeniosos, de actualidad…) y los coloca como piezas centrales. Suelen ser las palabras más largas, aquellas a cuyo alrededor se van desplegando las demás ramas del pasatiempo.

Cuando el profesional llega a las más pequeñas y alejadas del centro, por así decirlo, suele tirar de diccionario (los más artesanales) u ordenador. Dicho de otro modo, el relleno es poco relevante y lo puede hacer hasta una máquina. Lo que tampoco es capaz de dominar el robot, más allá de la elección de temas y palabras, es la redacción de las pistas. No se trata simplemente de incluir una definición de diccionario: el doble sentido, el despiste, los juegos de palabras y hasta el humor son indicadores de un trabajo bien hecho.

Esto ha sido así desde que Arthur Wayne redactó el primer crucigrama en 1913, por encargo de su editor en el ya desaparecido diario New York World. Aunque la disposición de las casillas era diferente, la esencia se mantiene. Lo demuestra la 18 horizontal. Pista: “Lo que esté crucigrama es”. La respuesta: “Difícil”.

Gracias, señor Wayne, por inventar un entretenimiento tan humano que a las máquinas les va a costar arrebatárnoslo.

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